las connotaciones

En “españoles por el mundo” hemos aprendido que cuando te te preguntan qué echas de menos de España has de decir el jamón. Y has de decirlo sin dudar, con media sonrisa de complicidad, como si todos echáramos de menos lo mismo. Seguramente es una forma poco disimulada de decirle a la familia y a los amigos que te manden jamón al vacío, o una fórmula elegante de salir del paso sin decir nada, porque cuando dices lo mismo que todo el mundo sabes que no meterás la pata. No echo de menos el jamón. Posiblemente he comido más y mejor jamón estas semanas en Bruselas que los últimos diez años en Barcelona.

Lo que más echo de menos son las connotaciones (ese valor secundario añadido al sentido estricto de las cosas) y sobre todo, las connotaciones emocionales. En la ciudad en la que naciste, una panadería tiene connotaciones: puede ser porque solías ir allí a las 8 de la mañana cuando volvías a casa tras una noche de fiesta o porque la hija del panadero fuera contigo a clase. En este cine fuiste a ver aquella película con un proyecto de novia que luego no lo fue. Sabes que bares son “de toda la vida” y que locales cambian de nombre y de dueños cada 6 meses porque están gafados. Sabes por donde salen los jóvenes, los puretas, los modernos… Sabes que barrio se ha venido a menos y en cual no podías entrar cuando eras pequeño pero ahora está lleno de tiendas cool. Los kioskos están llenos de connotaciones socio-políticas: no es lo mismo comprar la Razón que El País, sabes que con el Mediterráneo te regalan el ABC. Si enciendes la televisión, según que canal aparezca sabes a qué atenerte porque conoces qué grupo empresarial dirige las emisiones. Las cosas no son solo que son: son lo que son más lo que tu opinas que son.

La vida, la experiencia, ha ido llenando de información emocional todo lo que te rodea. Nada tiene un sentido estricto, único e inconfundible pero nada es confuso porque allí eres capaz de desentrañar hasta el más mínimo matiz de esa pequeña sociedad en la que te has criado. Puede ser asfixiante, hasta opresivo, pero da la sensación de seguridad, de pisar tierra firme. Como inmigrante recién llegado en Bruselas, los barrios me parecen barrios, las panaderías son panaderías, los cines, cines y los bares, bares. Para no naufragar, he de quedarme en el aburrido pero infalible sentido estricto de las cosas. Nada tiene un significado emocional e intuyo que es mejor no matizar demasiado porque me perdería en ese intento. Uso la brocha gorda y aún así me siento confuso.

No hablar el mismo idioma hace el salto más abrupto y la incapacidad para connotar es más evidente, pero cuando tienes un vaso vacío lo único que puedes hacer es llenarlo. Los barrios, las calles, los bares, los cines… todo está a la espera de mis propias connotaciones, de que aporte mi información emocional. Ese vaso no se llena nunca del todo y siempre tiene hueco para una connotación de más. Al vivir en Bruselas echo de menos mis viejas, queridas y asfixiantes connotaciones, pero a la vez tengo la libertad de dibujar un nuevo paisaje emocional a base de experiencias. Una cosa por la otra.

A pocas horas de tomar el vuelo que me devuelva todas mis connotaciones, se me ocurre que no puedo echar de menos un país, que un territorio no es mi patria. Que la patria la define la gente que te quiere y ellos dibujan la única frontera posible: la que separa el estar en casa de estar fuera.

Advertisements

2 thoughts on “las connotaciones

  1. ME ENCANTA lo que has escrito! cuanta verdad…. pues eso, a sacar la oportunidad de empezar de cero aqui…de dibujar otro paisaje y a descubrir Bruselas!

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s